miércoles, 22 de febrero de 2012

CÓMO CASARSE CON UN INFORMÁTICO. Mayte Blázquez



Ahora que te he ascendido a titular
de mi harén de eunucos verdes
me regalas insomnio por las noches.

No es posible que no entiendas las señales:
ojitos tiernos, suspiros, sonrisa tímida,
mensaje en móvil cada tres cuartos de hora.
Tanto desdén es imposible.

Imposible que no oyeras los mariachis
o extraviase el cartero
el telegrama que te mandé aquel viernes:
Cuchifrito mío stop coma stop te quiero

o que aquel día en casa no notases
-Leyendas de pasión en la pantalla-
que me perdí la melena de Brad Pitt
por mirarte todo el rato de reojo.

No puede ser, tampoco,
que no veas mis celos en los bares
cuando la guapa de turno se acerca y te pregunta
si está disponible tu sistema operativo.

¡Qué pena, amor, no habernos conocido
el año tres antes de Google
con lo fácil que hubiera sido entonces entendernos
sin tanto tuenti, twiter, blog, fotolog o facebook!

MAYTE BLAZQUEZ
BLOG DE LA AUTORA: INESTABLE Y ADIABÁTICA

DOS ROMBOS. Pepe Pereza


 

Fue una película que vio todo el mundo menos yo, mis padres no me dejaron. En la tele la anunciaron con bastante anterioridad y todos los chavales estábamos entusiasmados con la idea de visionarla. En el colegio, en la calle, en todos los sitios, no hablábamos de otra cosa que no fuera de la película King Kong. Me refiero a la original de 1933, dirigida por Merian C. Cooper & Ernest B. Schoedsack. Claro que en aquellos tiempos -principios de los setenta- tampoco había otras versiones.

-       ¿La verás, no?
-       Pues claro. No me la pienso perder por nada del mundo.
-       Espero que no tenga rombos, mis padres no me dejarían verla.
-       Me da lo mismo que tenga o no tenga, a mí me dejan ver todas las pelis.

La verdad era que a mí tampoco me dejaban ver las que llevaban dos rombos pero por fardar que no fuese. Por aquel entonces la clasificación de películas estaba dividida en tres clases: las de todos los públicos, que no llevaban ningún rombo. Las de mayores de catorce años o menores acompañados de sus tutores, a esas le ponían un rombo. Y finalmente estaban las de dos rombos, que eran para mayores de dieciocho años. 

-       He oído decir que la chica sale casi desnuda.
-       ¿De verdad?

Si realmente la chica salía de esa guisa era muy probable que le pusieran los dos rombos y yo me quedaría sin verla.

-       Lo que oyes… Y el gorila mide más de cien metros.

Con ansiedad contábamos los días que quedaban para emisión de la película y según se acercaba la fecha nos íbamos excitando más y más. En los recreos todos jugábamos a ser aventureros con la peligrosa misión de adentrarnos en tierras inhóspitas y capturar al gran mono. Antes de dormir, y sabedor de que mi hermana después no podría conciliar el sueño, yo le contaba terroríficas historias donde el protagonista era atacado por un inmenso y demoledor gorila.
Por fin llegó el día que iban a poner la película en la televisión. Esa mañana en el colegio nadie prestó atención a la lección, todos comentábamos por lo bajinis temas relacionados con King Kong y nos pasábamos notas unos a otros, cuando la profesora no estaba atenta.

-       Esta noche a las diez.
-       ¡Sí, por fin!
-       ¿Sabes que King Kong todos los días se traga diez negros para desayunar?...

En casa, mientras comíamos me armé de valor y les pregunté a mis padres.

-       ¿Me dejareis ver la película de esta noche?
-       Según los rombos que tenga - contestó mi madre.
-       Pero es que es la de King Kong y la van a ver todos los niños del colegio.
-       Me da igual lo que hagan los demás. Si tiene rombos no la ves.
-       Pero…
-       Ya has oído a tu madre -  sentenció mi padre poniendo fin a la conversación.

Rogué al cielo para que la película no tuviese rombos. Tuve un mal presentimiento. El miedo empezó a subirme por los tobillos y fue recorriendo todo mi cuerpo, concentrándose sobre todo en el estomago. Durante las clases de por la tarde el miedo siguió fluyendo por mis venas y mientras los demás se mantenían entusiasmados por la inmediatez de la película yo permanecía callado, apretándome la tripa con las manos.
Mientras cenábamos saqué de nuevo el tema:

-       Por favor, dejadme ver la película de esta noche.
-       ¿Qué te he dicho mientras comíamos?
-       Os prometo que si me dejáis verla me portaré bien y obedeceré en todo lo que me mandéis.
-       Termínate lo que hay en el plato y déjanos cenar en paz.
-       Pero, mamá…
-       Haz lo que dice tu madre si no quieres irte a la cama ahora mismo -  sentenció mi padre poniendo fin a la conversación.

Después de cenar tuve que encerrarme en el váter. Tenía el estomago tan revuelto que no me quedó otro remedio que vomitar. Traté de hacerlo en silencio, para que mis padres no se enterasen. No quería darles ningún motivo que les sirviera de excusa para mandarme a la cama. La hora siguiente se me hizo eterna. Los nervios seguían agarrados a mi tripa y en varias ocasiones tuve que reprimirme para no comerme las uñas. A las nueve de la noche mandaron a mi hermana pequeña a la cama. No quería irse alegando que si yo me quedaba ella también. Temí que nos mandasen a dormir a los dos, y deseé agarrarla por el cuello y estrangularla. Afortunadamente mi madre la convenció con la promesa de contarle un cuento y permanecer con ella hasta que se quedase dormida. Respiré aliviado, aunque sabía que no las tenía todas conmigo. Mi padre y yo seguimos viendo las noticias. Lo peor llegó después del Telediario. Solo quedaba media hora para el comienzo de la película y a mí no me cabían más nervios en el cuerpo. A las diez menos diez, mi madre regresó al salón. Mi hermana se había dormido.

-       Como tenga dos rombos te vas directo a la cama.
-       Pero…
-       No hay peros que valgan.
-       La van a ver todos menos yo.
-   No contestes a tu madre o te vas a la cama ahora mismo - mi padre poniendo fin a la conversación.

¿Cuánto faltaba? tres minutos. O empezaba ya o a mí me iba a dar un ataque. Volví a suplicarle al cielo, rogándole a Dios, a La Virgen, a Jesucristo, a todos los santos, que la película no tuviera dos rombos.
Por fin llego la hora. Yo estaba tan nervioso que apenas podía respirar. Ahí estaban los títulos de crédito y por el momento no habían aparecido los temidos rombos. Todo iba bien. De hecho empecé a creer en la posibilidad de poder ver la película. La banda sonora que acompañaba esos primeros fotogramas ya me estaba trasladando a tierras extrañas, cuando arriba, en el costado derecho de la pantalla, aparecieron los dos rombos. El mundo se me vino abajo. Supliqué, imploré, pataleé, refunfuñé… Nada. No hubo forma de convencer a mis padres. Insistí y volví a insistir. Cuando barrunté que estaba a punto de ganarme un guantazo me rendí y me fui a la cama. Estaba indignado y mis progenitores me parecieron las personas más despreciables del planeta. Si en esos momentos hubiese tenido la oportunidad de explosionar todo el universo, hubiera apretado el botón sin ningún miramiento.
A la mañana siguiente me levanté con dolor de cabeza debido a que no había dormido bien. Recordaba algunos retazos de pesadillas relacionadas con historias de cortadores de cabezas y gorilas asesinos. Durante el desayuno no me dirigí en ningún momento a mis padres y mantuve todo el rato el ceño fruncido para dar a entender que estaba muy, pero que muy enfadado. Tampoco les dije nada cuando salí de casa para ir al colegio y además les privé del beso de despedida. De camino me reuní con Jesús y José.

-       ¿Viste la peli? - me preguntaron nada más verme.
-       ¿Y vosotros? - respondí a la gallega.
-       Sííííí - al unísono.

¡Mierda puta! Estaba claro que el único pringado que no la había visto era yo.

-       ¿Y tú? - insistió Jesús con los ojos muy abiertos y una sonrisa de oreja a oreja.
-       Pues claro. No me la hubiera perdido por nada del mundo.

No podía permitir que mis amigos supieran la verdad. Me habrían tomado por estúpido y se hubieran reído de mí.

-       Lo mejor fue cuando King Kong luchó con el dinosaurio.

Yo asentí con la cabeza, dándoles la razón. La envidia me corroía por dentro. Saber que también salían dinosaurios y no haber podido verlos fue muy duro de encajar. Odié a mis padres por no haberme dejado ver la película, pero sobre todo los odié por quitarme el gustazo de comentarla con mis amigos.

® PEPE PEREZA
BLOG DEL AUTOR: ASPEREZAS

lunes, 20 de febrero de 2012

MIENTRAS LINO VENTURA DESPOBLABA MARSELLA DE MAFIOSOS. Carlos Salem

 

A Marina la descubrí en el vestíbulo de un cine, un domingo por la tarde. Yo tendría unos 13 años y medio, en un momento de la vida en que el medio marcaba una diferencia. Ella andaba más o menos por la misma edad. Era delgada, tenía las piernas largas y una belleza directa de piel muy blanca, pelo muy negro y ojos muy verdes. Me quedé sin respiración. Creo que estuve muerto unos segundos y desde luego que no me enteré de lo que decía Saúl sobre las tetas de una rubia inalcanzable de 18 años, que lo miraba como si fuera un bebé.
Marina hablaba con un grupo de amigas que la trataban de igual a igual sin percatarse del milagro de dirigirle la palabra sin desintegrarse, y mis malditos mofletes se encendieron como brasas sólo con imaginar que estaba cerca de ella.
No sabía aún que se llamaba Marina, pero tuve la certeza de que tendría un nombre diferente, inventado para ella.
Empezó la función y la perdí de vista, pero durante más de una hora la busqué entre las filas de cabezas en silueta, hasta que la encontré. Marina brillaba en la oscuridad.
En el intermedio rondé en círculos hasta quedar cerca de su grupo. Mi plan era que me viera y que sintiera lo mismo que yo. Era un plan de mierda, pero Tony, solidario como siempre, me acompañó sin pedir explicaciones, hasta que el timbre de la sala anunció el comienzo de la segunda película y el final de mi felicidad estúpida. En los diez minutos de la pausa, Marina no me había visto. Yo era un  monstruo deforme. O peor aún, ni siquiera era tan interesante como un monstruo. Sólo un chico más, con el pelo rebelde y ondulado, dos mofletes rojos como boyas de mi propio naufragio, y un cuerpo desigual, que se había desarrollado bastante en lo que no podía verse, pero al que le faltaba crecer en estatura.
Era imposible que ella se fijara en mí.
Por eso decidí lograrlo.
 En Neuquen había dos cines: uno en el Alto y otro en el Bajo. No eran muy diferentes, pero en el del Bajo, al que iba los domingos antes de apurar la medianoche entre pizza y cervezas con mis amigos, ponían películas de acción y también otras que, como no eran superproducciones, no tenían cabida en el cine del Alto. Marina iba siempre al cine, pero no siempre al mismo, así que más de un domingo tuve que correr varias veces las doce cuadras que los separaban, hasta saber cuál era el elegido esa semana. Y Tony, leal, corría conmigo.
 Poco a poco fui capaz de adivinar, leyendo la cartelera, qué película escogería Marina ese domingo, de modo que llegaba mucho antes, solo, y cumplía mi plan. Me quedaba cerca, en su campo de visión. Mirase hacia donde mirase, ahí estaba yo, leyendo, mirando hacia otro lado, ofreciendo el que una chica me había dicho que era mi mejor perfil y que nunca puedo recordar cual era. Pasaban los domingos y eso era todo: antes de entrar, durante la película, en los descansos y a la salida, donde casualmente coincidíamos en la elección de la cafetería. Comencé a desmoralizarme: ella no daba signos de saber que yo existía, y me imaginé viejo, con treinta o más años, anciano con cincuenta, yendo al cine cada domingo para adorar a la distancia a una diosa ciega y ajena.
Pero no me rendí.
Lo que hice fue no entrar un domingo al cine. Me quedé en el bar de enfrente, espiando su llegada desde una mesa junto a la ventana. Después del descanso, cuando la segunda película había comenzado, entré, la busqué en la oscuridad y me senté en una butaca de la última fila, la que nadie ocupaba desde que a los acomodadores les dio por fastidiar a las parejas con su puta linterna. Ahora se sentaban en la primera fila, donde podían verlo venir anunciado por sus rayos de luz de aprendiz de policía del sexo.
Cuando se encendieron las luces, ella buscó con la mirada por todo el cine. No podía creer que yo no estuviera allí.
De pronto me vio, a lo lejos.
Me estaba mirando.
No dejaba de mirarme.
Y sonrió.
Debería decir que me inundó la felicidad, pero lo cierto es que casi me cago encima por la impresión. Creo que también sonreí.
Al domingo siguiente volví a sentarme en la última fila y pude ver cómo ella forzaba a sus amigas a sentarse bastante más atrás que de costumbre. Me miró y sonrió otra vez. En el descanso no salí al vestíbulo aunque me moría por estar cerca de ella. De algún modo, sabía que lo que estaba haciendo funcionaba.
Al domingo siguiente, o al otro, Marina se sentó más cerca, y así hasta que, previa discusión con sus amigas escandalizadas, se levantó en mitad de una película de Lino Ventura que llevaba al menos quince muertos en media hora, caminó hasta la última fila y se sentó a mi lado.
No supe qué hacer.
Confiaba en mi plan pero nunca me había preparado una fase B. Nos mirábamos de reojo, nos estudiábamos por primera vez de cerca, fotografiados por el flash de la recortada de Ventura que seguía despoblando Marsella de mafiosos, y sonreímos a destiempo. Le toqué la mano, pero fue sólo una fantasía que cumplí sin decidirla.
Era una mano chiquita, frágil, casi de niña.
Temblaba un poco, o era yo.
Le acaricié la mano buscando calmarla y calmarme, y apretó la mía, sin dejar de ver la película. Tenía que decirle algo, pero no sabía qué. En realidad no la conocía, estaba enamorado de una imagen de la que ella sólo era el envase, la había llenado de adjetivos pero nunca me había preguntado cómo era, qué le gustaba hacer, qué cosas la hacían llorar o reír. Ni siquiera la había imaginado desnuda, como hacía con casi todas las chicas que veía por la calle. Después de tantos domingos, estaba a solas con la imagen de Marina, en un cine en penumbras (Ventura pasaba por el puerto sin encontrar nadie a quien matar), y más que deseo, sentí pena por un sueño que iba a morir en cuando encendieran las luces. Supongo que era mi despedida de la infancia o algo así.
Quería decirle algo y  acerqué la boca a su oído. Su pelo olía como había imaginado, pero sospeché que no se puede imaginar a las personas: hay que conocerlas, disfrutarlas y, la mayor parte del tiempo, soportarlas. Ella giró la cabeza, sólo un poco, y yo acerqué la boca a la suya, de costado, un poco más.
Nos besamos.
Fue corto, leve, un sello para franquear una carta de despedida.
Seguimos abarrados de la mano hasta que terminó la película. Cuando llegó el intermedio se levantó y me miró. Yo también la miré y creo que ambos supimos que segundas partes no serían buenas, al menos no todo lo buenas que yo había pensado y puede que ella también, de domingo en domingo, al ver a ese chico melancólico siempre al alcance de su vista.
Ella se fue con sus amigas y yo salí en busca de Tony, que esperaba en la pizzería de al lado. Más que satisfecho, me sentía raro. Viejo.
Recuerdo que pensé que si eso era crecer, crecer era una mierda.
Y que no podría evitarlo.

CARLOS SALEM

domingo, 19 de febrero de 2012

LA VIDA EN CASETE DE AUDIO. Martín Roldán Ruiz

Foto: Martín Roldán Ruiz

Acomodando, después de mucho tiempo un rincón de mi habitación, encontré una vieja caja que ya había olvidado. Dentro había una buena cantidad de casetes de las más diversas marcas: Maxwell, Sony,  Panasonic, etc. Cada una guardaba la música que marcaron mucho en mi persona, bandas de diferentes estilos, pero básicamente punk o del llamado rock subterráneo peruano. Un pequeño tesoro sentimental que había acompañado las tardes de mi adolescencia. En esas épocas en que uno se diferenciaba por el tipo de música que escuchaba.
Eskorbuto, La Polla Records, Kortatu, Sex Pistols, Exploited, Metallica, eran los títulos que adornaban sus tapas. Unas con algún dibujo que yo mismo había hecho o con la fotocopia de la portada original. En fin, cada una tenía una historia que nos unía en una especie de hermandad, y que yo había traicionado, desde hace un tiempo, por el CD y el MP3.
De verdad que la tecnología digital y el Internet ha facilitado la vida de los melómanos, pero también nos has desligado de esos pequeños esfuerzos, que nos hacían valorar mucho las cintas de audio. Porque ahora todo está a la distancia de un Download.
¿O acaso no recuerdan la aventura para conseguir el casete de determinada banda o cantante? ¿Las privaciones que nos dábamos? ¿Y el sufrimiento cuando el cabezal nos mordía la cinta? Verdaderamente era una pequeña tragedia, porque  cabía la posibilidad de perderla para siempre y con ella las canciones de la banda que nos había costado un mundo conseguir. Algunos jóvenes Ipodistas, no entenderán de esto, y no porque no tengan los mismos sentimientos; pero, los que pasaron su adolescencia en los años ochenta, y más en un país como el Perú de esos años donde había pocas importaciones y los vinilos llegaban por encargo o costaban un dineral, me sabrán entender.
Como dije cada una de esas cintas tiene su historia. Por ejemplo, el casete donde tengo el Salve de La Polla Records, fue grabado en 1986 encima de uno de la banda inglesa Slade, que había pertenecido a un tío mío. Un amigo me había prestado el de la Polla, y me había gustado tanto que no deseaba perderlo.  Así que sin monedas en el bolsillo para comprar una cinta en blanco, solo me quedaba grabarlo en la que encontrara. Y fueron los acordes del Slade en vivo, los que pasaron al limbo para dar paso a los guitarreos rabiosos de temas como Estrella del Porno, Come Mierda, Muy Punk, Canción de Cuna, entre otros. Por muchos años me habrían de acompañar, hasta que las abandoné, y pasaron a la caja de los recuerdos.
 Así fueron grabadas muchas bandas directamente de otras cintas, o de los LPs que algún amigo conseguía. O también eran mandados a grabar con ciertos personajes como el Cachorro, guitarrista de Narcosis, que se especializaba en música de La Movida Española y grupos punki. O en los mercadillos de venta de casetes como el que había en las escaleras de la Universidad Villareal en la avenida La Colmena. No siempre con gratos resultados.
Por ejemplo, con El Cachorro, podías pagar por el casete grabado pero no sabías cuándo te lo iba a entregar. Podían pasar meses, y en lo que te gastabas en pasajes, para ir a recogerlo y que te dijeran aun no está listo, o no encontrar al Cachorro en su casa, ya estaba costándote el doble. Pero la variedad de vinilos de bandas que no se encontraban fácilmente, te hacían volver una y otra vez. En la Colmena no era tanto así, porque te vendían el casete ya grabado. Pero cuando no lo encontrabas, tenías que acomodarte al gusto y al tiempo del piratero para verlo otra vez en su mostrador.
Igual con el tiempo te ibas apertrechando de casetes que por su costo, en comparación a  los vinilos, podías comprar más seguido. Aparte, su pequeño tamaño  te  permitía cargar con todos tus pertrechos musicales en una mochila. Y llevarlo a los lugares donde una grabadora y unos licores te hacían los amaneceres más soportables, junto a los amigos que iban armados, también, con sus mochilas llenas de cintas.
Pues bien, los accesorios para una buena juerga con los amigos, no solo eran los casetes, sino también las pilas; y, principalmente, el lapicero  para rebobinar la cinta. Pero no cualquier lapicero, tenía que ser de la marca Faber – Castell, porque su forma hexagonal, calzaba bien, y hacía girar rápidamente hasta dar con el tema deseado.
Era una forma de vivir la música, no sé si mejor, pero creo yo más sentida. Más cercana con el objeto, más de intimidad. Porque no solo lo grababas o lo mandabas a grabar, sino que tú mismo armabas las portadas.  Las hacías a tu gusto, queriendo igualar la portada original. Pero en la mayoría de veces dándole tu propia interpretación, tu propio sentir, tu propio arte. Hace poco supe de un artista plástico que hizo una exposición de los dibujos que realizaba en los casetes de su época adolescente ¡Verdaderas obras artísticas!
 Después cargabas con ellas para todas partes, donde sabías que iba a haber una reproductora. Y no te importaba el peso o la incomodidad. Estabas llevando sobre la espalda, lo que te diferenciaba o lo que te hacía alguien en el mundo. Esos casetes que escuchabas una y mil veces, iban de la mano con lo que sentías, en determinado lugar o en determinado día. Y los escuchabas hasta que la cinta se gastara, y el sonido se iba perdiendo entre acorde y acorde. Pero igual, ese era el sonido que sentías como tuyo. Por eso qué raro se nos hizo escuchar a las mismas bandas o las mismas canciones, cuando llegaron en formato de CD, ¿no?
Como decía, perder una cinta era muy doloroso, por esa carga sentimental, aunque cabía la posibilidad de conseguir otro, pero ya no era lo mismo. Aparte, iniciar la odisea ya recorrida, era como para pensarlo dos o hasta tres veces. Ahora, no pasa lo mismo. Hace unos meses mandé a resetear mi disco duro y se perdieron muchos archivos de música. No lo lamenté, porque sabía que podía bajármelos de inmediato.
Y hoy tienes tanto a tu disposición que ya la música se hace impersonal, ya se hace un infinito que sabes nunca podrás escuchar todo lo que te puedes bajar, y te vas direccionando a lo que realmente te gusta. Pero tienes tanto de tanto, que ya no te puedes diferenciar. Todos tienen de todo, y tú dentro de ellos.
Por eso lo que llevas en el Ipod, ya no es tan tuyo como los casetes. Ahora ni siquiera sientes el peso del aparatito en el bolsillo. Es como algo más que está ahí, como una necesidad asolapada que sacas y pones como si fuera un coito ocasional, sin pensarlo, sin sentirlo. Ya no sientes el peso de los casetes en tu espalda, ni  la angustia por encontrar el indicado entre las decenas de cintas de la mochila. Por eso el disfrute cuando comenzaba a girar dentro de la casetera, y sonaba el silencio de los vacios entre canción y canción. Es verdad eso de cuanto más la sufres, más la disfrutas ¿no?
Hoy quizás todo puede ser más fácil, pero justamente en lo fácil se dejan de valorar los pequeños detalles, las sencilleces, y las cosas se obtienen y se abandonan como si nada, –incluso con las personas– pero no se guardan con cariño, porque sabes que son parte de ti. Como esa caja de viejos casetes donde está almacenado el soundtrack de mi vida.


MARTÍN ROLDÁN RUIZ

sábado, 18 de febrero de 2012

UN CUARTETO SIN GEOMETRÍA. Julián Sánchez Caramanzana

                                                                                                                                            
Aquel Sant Joan estuve a punto de quemarme. Además hizo mucho bochorno. Caminábamos a nuestro puto bolo por la confluencia de las calles Mallorca con el jersey de manga corta quitado. El “Gafas” estaba muy cabreado y se había metido más cubatas que de costumbre. Una pava del Hospitalet se había reído en sus morros por teléfono cuando el se le declaró y le pidió para “salir”.
Lo hizo desde una cabina telefónica cercana a “El Corte Inglés”, en la misma cera donde estaba el puto edificio Helena Francis. Nosotros le llamábamos “Helena Frankestein”. El “Gafas”, se jodió los nudillos  golpeando con rabia los vidrios. La tipa le dijo que no porque tenía que coger el Metro para verle. El pavo hubiera viajado en Metro 20 veces al día con tal de que ella no se molestase. La verdad es que el resto nos partíamos el culo de risay le decíamos que las pajas se las iba a hacer la gorda de su hermana.
Al “Gafas” le tenía yo mucho aprecio. No tenía “mucha letra”, como dicen los gitanos, pero era noble. Su padre le había “aostiado” desde pequeño y tenía una hermana, como decía antes, muy gorda y bajita a la que tratábamos de emborrachar siempre. Éramos unos hijos de puta, creo que yo el que más. Casi siempre le buscábamos un novio más feo y lelo que ella en las fiestas que organizábamos.

Por la calle Bailén nos encontramos con varios colegas. Algunos de la banda de chorizos, varios camellos que se “ponían las botas” esa noche y dos tíos muy divertidos de los que me hice muy amigo jugando a ping-pong y a futbolín.
Yo iba borracho y harto de exámenes. De toda la peña era el único que estudiaba y escribía, además, cuentos y poemas. Me respetaban hasta los jefecillos de la panda de “manguis”. No me tocaba ni “dios” cuando íbamos a un barrio, discoteca, local, o venía alguien al nuestro. De hecho me ligué ese año a algunas tías que estaban buenísimas. No muchas, unas cinco ó seis, pero me gusta recordarlo como la vieja del chiste violada de joven.

Esa noche me dio por hacer el gilipollas en plan Bruce Lee con un palo de escoba. Entrenábamos Karate y Kung-fu en el Parque de la Ciutadella con algunos amigos sábados y domingos. Nos reímos un montón. El “Gafas” se emocionó. Me quiso quitar el palo y acabó sangrando, sin querer, por una oreja. Era muy rápido con las manos en varios estilos de Kung-Fu, pero muy torpe y lento con las piernas.
Este tío “cobraba” demasiado. Trabajaba de botones en un hotel. Le íbamos a ver varias veces el “Gordo”, el George y yo, que formábamos el cuarteto más parecido a “los cuatro jinetes de la poca leche”, que no del Apocalipsis, y nos metíamos con las guiris y los encorbatados. Recuerdo que le quitaba la gorra del horrendo uniforme y me ponía a pedir pasta en la puerta. Nos dieron muchos “toques”. Pero es que pasaba el día en la calle leyera o no leyera, o estaba en clase, más bien haciendo campana, o jugándome pasta en los futbolines. Yo era muy pobre y ésta gente curraba y tenía guita. Yo me sacaba la “billetes” de maneras muy especiales.
Acabamos bailando alrededor de la hoguera George, el “Gordo” y yo. Al “Gordo” la gente le tenía amargado y la familia asfixiado. Se hizo comunista y algunos fachas le dieron de ostias. Volvió de la mili ciego de porros, destrozado de Ceuta, o de Melilla, ahora no recuerdo. Se hizo Testigo de Jehová y le perdí el rastro como a George, mi gran amigo, aunque eso como se dice en la 1º parte de la película “Conan el Bárbaro”, ya es otra historia.
Bailamos y saltamos aquella noche de Sant Joan. Tiré el palo a la hoguera y vi como se quemaba. Acerqué la mano y me quemé yo.
Poco a poco nos juntamos toda la gente. Tíos y tías. Petardos, cohetes, “piulas”. Se tiraba de todo y yo me agobiaba un montón. Poca gente de aquella queda ya. Coincidíamos en la calle, pero cada uno tenía su historia. Nosotros no robábamos, muchos de ellos sí. Empezaron con los porros y la
birra, luego más alcohol y a “picarse”. No pararon. Muy pocos se mantienen, o nos mantenemos, en pie.
El “Gafas” se casó, o se enrolló, con una chica muy cabal, simpática y currante. Fuimos todos muy amigos. Años y años de calles, correrías, lágrimas, ostias y muy buen rollo. Sospecho que a veces lloro más por ellos que por mí.
Después de aquel Sant Joan aprobé el curso. Seguimos yendo a las Planas en el tren y me declaré a una tía a la que vi seis veces. Me lo montaba más con su hermana. El “Gordo” comenzó a tener problemas chungos y por las tardes George y yo nos retábamos al futbolín y al ping-pong, o nos retaban. Él también fue cogiéndole gusto al billar y yo a quedarme todavía mucho más solo. Más tiempo para leer y para escribir. Sumados los días de mi vida en soledad hacen muchos años.

Barcelona, 2010

JULIÁN SÁNCHEZ CARAMANZANA

viernes, 17 de febrero de 2012

DOS DUROS. Esteban Gutiérrez 'Baco'



 Dos duros dan para mucho: para dos chocolatinas, gominolas, supositorios y pastillas de leche de burra; para diez sobres de cromos de la liga de fútbol; para cinco canicas “mármol” o diez de cristal. También podía comerme un bollo de azúcar por la tarde y otro la mañana del domingo. Me imaginaba con el taco de cromos en el bolsillo, haciendo paquete, y la expresión de asombro del Cuki y del Chino: “¡Pero tío, cómo te lo montas!”, o mirándome con envidia el bigote lleno de pepitas brillantes de azúcar. Mamá daría voces y me preguntaría de dónde han salido las bolas o las chucherías o los cromos.
 Subía la loma de Despeñaperros y el Chicharra se tiraba con la moto a tumba abierta. Le veía dibujar esa sonrisa loca de suicida cada vez que hacía un caballito y saltaba por encima de los montones dirección al terraplén. La Derby Lobito estaba hecha una birria con todo el depósito abollado y raspado, sin el guardabarros delantero ni el foco. Me metí las manos en los bolsillos y tanteé los dos duros. También podía comprar algún cigarrillo suelto para invitar a la basca a fumar. Podía mejor decirle a Ceci que se viniese conmigo al cine a ver el programa doble no sé qué de capitán de fragata y Chacal, que esa sí que molaba. Pero era más divertido colarse el sábado por la mañana que no trabajaba Aparicio y la Clement ni se enteraba de lo que pasaba bajo su taquilla. No sé cómo es posible que cada sábado, con la misma paciencia que ese santo al que tostaron en la parrilla, esperase a que el tartaja de Manolo acabase de preguntar cuánto costaba la entrada y de que iban las películas mientras los demás nos colábamos.
Me sudaban las manos y tenía la boca seca. Apartaba los pensamientos y las imágenes como si fuesen telones con decorados de teatro pero no lograba estabilizar las pulsaciones del corazón. Podía tomar una coca-cola o comprar un helado donde el pipero. Pasé las primeras chabolas y me metí en el pinar para cruzar la carretera dirección a los “chalets”. La panda del Moro andaba jugando con la goma del agua de una de las bocas de riego que alguna vez, hace años según mamá, mojaban un césped gramoso donde se podía jugar al fútbol sin dejarse las rodillas. Todos se mojaban bajo la lluvia artificial y las piernas empezaban a cubrírseles de un barro pardusco y lechoso.
Rodeé los “chalets” hasta llegar a Casa Domi. El abuelo empaquetaba pipas de calabaza y de girasol en los sobres amarillos. Tenía de todo: las bolas, las pastillas de leche de burra, los supositorios, canicas de mármol, cromos, caretas, globos, helados... grandes, más grandes y enormes; de chocolate, de fresa, de nata y de vainilla. Pedí uno enorme de chocolate y me relamía mientras le veía aguar la cuchara. “Enorme”, le volví a repetir mientras dejaba sobre el cajón de madera los dos duros ardientes. Llenó el cucurucho con copete y corrí con el helado rodeando de nuevo los “chalets” hasta llegar a los pinos. Me senté sobre la tamuja y lamí aquel chocolate con los ojos cerrados para sacarle más sabor. Durante unos minutos el mundo me parecía un lugar apetecible, incluso deseable. Mordisqueé el barquillo con su inconfundible aroma de canela y empecé con la mezcla de sabores. En un pis-pas el helado había desaparecido y, con él, la satisfacción de unos momentos mágicos.
Procuré limpiarme lo mejor posible y bajé hacia casa. Nada más entrar, justo cuando los ojos empezaban a acostumbrarse a la penumbra del interior de la chabola, sentí como unos dedos engarfiados en mis cabellos me levantaban del suelo. Me aferré a esa mano llagada con la esperanza de no escuchar el chasquido del látigo de cuero. El crujido no tardó en llegar y mis uñas se hicieron navajas. Instantes después la mano me soltó temblorosa y caí al suelo sin siquiera pronunciar un solo lamento. A mi alrededor diez ojitos amarillos me recriminaban la falta de comida.
Salí corriendo y no sé como pude atravesar el laberinto de cartones y chapas, y los rugidos de la carretera, ni sé dónde estaba cuando me dejé caer de rodillas, exhausto, frente a aquel charco de agua pardusca ante el que me pregunté quién estaba mirándome desde aquellos ojos reflejados poseedores de un bruñido maligno. Pero sí sé que en ése mismo instante comprendí que nunca, a lo largo de la que fuese mi vida, iba a privarme de nada.

            ESTEBAN GUTIÉRREZ 'BACO'
BLOG DEL AUTOR: BACOVICIOUS