lunes, 20 de febrero de 2012

MIENTRAS LINO VENTURA DESPOBLABA MARSELLA DE MAFIOSOS. Carlos Salem

 

A Marina la descubrí en el vestíbulo de un cine, un domingo por la tarde. Yo tendría unos 13 años y medio, en un momento de la vida en que el medio marcaba una diferencia. Ella andaba más o menos por la misma edad. Era delgada, tenía las piernas largas y una belleza directa de piel muy blanca, pelo muy negro y ojos muy verdes. Me quedé sin respiración. Creo que estuve muerto unos segundos y desde luego que no me enteré de lo que decía Saúl sobre las tetas de una rubia inalcanzable de 18 años, que lo miraba como si fuera un bebé.
Marina hablaba con un grupo de amigas que la trataban de igual a igual sin percatarse del milagro de dirigirle la palabra sin desintegrarse, y mis malditos mofletes se encendieron como brasas sólo con imaginar que estaba cerca de ella.
No sabía aún que se llamaba Marina, pero tuve la certeza de que tendría un nombre diferente, inventado para ella.
Empezó la función y la perdí de vista, pero durante más de una hora la busqué entre las filas de cabezas en silueta, hasta que la encontré. Marina brillaba en la oscuridad.
En el intermedio rondé en círculos hasta quedar cerca de su grupo. Mi plan era que me viera y que sintiera lo mismo que yo. Era un plan de mierda, pero Tony, solidario como siempre, me acompañó sin pedir explicaciones, hasta que el timbre de la sala anunció el comienzo de la segunda película y el final de mi felicidad estúpida. En los diez minutos de la pausa, Marina no me había visto. Yo era un  monstruo deforme. O peor aún, ni siquiera era tan interesante como un monstruo. Sólo un chico más, con el pelo rebelde y ondulado, dos mofletes rojos como boyas de mi propio naufragio, y un cuerpo desigual, que se había desarrollado bastante en lo que no podía verse, pero al que le faltaba crecer en estatura.
Era imposible que ella se fijara en mí.
Por eso decidí lograrlo.
 En Neuquen había dos cines: uno en el Alto y otro en el Bajo. No eran muy diferentes, pero en el del Bajo, al que iba los domingos antes de apurar la medianoche entre pizza y cervezas con mis amigos, ponían películas de acción y también otras que, como no eran superproducciones, no tenían cabida en el cine del Alto. Marina iba siempre al cine, pero no siempre al mismo, así que más de un domingo tuve que correr varias veces las doce cuadras que los separaban, hasta saber cuál era el elegido esa semana. Y Tony, leal, corría conmigo.
 Poco a poco fui capaz de adivinar, leyendo la cartelera, qué película escogería Marina ese domingo, de modo que llegaba mucho antes, solo, y cumplía mi plan. Me quedaba cerca, en su campo de visión. Mirase hacia donde mirase, ahí estaba yo, leyendo, mirando hacia otro lado, ofreciendo el que una chica me había dicho que era mi mejor perfil y que nunca puedo recordar cual era. Pasaban los domingos y eso era todo: antes de entrar, durante la película, en los descansos y a la salida, donde casualmente coincidíamos en la elección de la cafetería. Comencé a desmoralizarme: ella no daba signos de saber que yo existía, y me imaginé viejo, con treinta o más años, anciano con cincuenta, yendo al cine cada domingo para adorar a la distancia a una diosa ciega y ajena.
Pero no me rendí.
Lo que hice fue no entrar un domingo al cine. Me quedé en el bar de enfrente, espiando su llegada desde una mesa junto a la ventana. Después del descanso, cuando la segunda película había comenzado, entré, la busqué en la oscuridad y me senté en una butaca de la última fila, la que nadie ocupaba desde que a los acomodadores les dio por fastidiar a las parejas con su puta linterna. Ahora se sentaban en la primera fila, donde podían verlo venir anunciado por sus rayos de luz de aprendiz de policía del sexo.
Cuando se encendieron las luces, ella buscó con la mirada por todo el cine. No podía creer que yo no estuviera allí.
De pronto me vio, a lo lejos.
Me estaba mirando.
No dejaba de mirarme.
Y sonrió.
Debería decir que me inundó la felicidad, pero lo cierto es que casi me cago encima por la impresión. Creo que también sonreí.
Al domingo siguiente volví a sentarme en la última fila y pude ver cómo ella forzaba a sus amigas a sentarse bastante más atrás que de costumbre. Me miró y sonrió otra vez. En el descanso no salí al vestíbulo aunque me moría por estar cerca de ella. De algún modo, sabía que lo que estaba haciendo funcionaba.
Al domingo siguiente, o al otro, Marina se sentó más cerca, y así hasta que, previa discusión con sus amigas escandalizadas, se levantó en mitad de una película de Lino Ventura que llevaba al menos quince muertos en media hora, caminó hasta la última fila y se sentó a mi lado.
No supe qué hacer.
Confiaba en mi plan pero nunca me había preparado una fase B. Nos mirábamos de reojo, nos estudiábamos por primera vez de cerca, fotografiados por el flash de la recortada de Ventura que seguía despoblando Marsella de mafiosos, y sonreímos a destiempo. Le toqué la mano, pero fue sólo una fantasía que cumplí sin decidirla.
Era una mano chiquita, frágil, casi de niña.
Temblaba un poco, o era yo.
Le acaricié la mano buscando calmarla y calmarme, y apretó la mía, sin dejar de ver la película. Tenía que decirle algo, pero no sabía qué. En realidad no la conocía, estaba enamorado de una imagen de la que ella sólo era el envase, la había llenado de adjetivos pero nunca me había preguntado cómo era, qué le gustaba hacer, qué cosas la hacían llorar o reír. Ni siquiera la había imaginado desnuda, como hacía con casi todas las chicas que veía por la calle. Después de tantos domingos, estaba a solas con la imagen de Marina, en un cine en penumbras (Ventura pasaba por el puerto sin encontrar nadie a quien matar), y más que deseo, sentí pena por un sueño que iba a morir en cuando encendieran las luces. Supongo que era mi despedida de la infancia o algo así.
Quería decirle algo y  acerqué la boca a su oído. Su pelo olía como había imaginado, pero sospeché que no se puede imaginar a las personas: hay que conocerlas, disfrutarlas y, la mayor parte del tiempo, soportarlas. Ella giró la cabeza, sólo un poco, y yo acerqué la boca a la suya, de costado, un poco más.
Nos besamos.
Fue corto, leve, un sello para franquear una carta de despedida.
Seguimos abarrados de la mano hasta que terminó la película. Cuando llegó el intermedio se levantó y me miró. Yo también la miré y creo que ambos supimos que segundas partes no serían buenas, al menos no todo lo buenas que yo había pensado y puede que ella también, de domingo en domingo, al ver a ese chico melancólico siempre al alcance de su vista.
Ella se fue con sus amigas y yo salí en busca de Tony, que esperaba en la pizzería de al lado. Más que satisfecho, me sentía raro. Viejo.
Recuerdo que pensé que si eso era crecer, crecer era una mierda.
Y que no podría evitarlo.

CARLOS SALEM

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