lunes, 5 de marzo de 2012

EL TELÉFONO QUE NUNCA SONABA. Iñaki Echarte Vidarte.


 

            Eran mis primeros Sanfermines sin mis padres y la excusa era un trabajo que había conseguido en un restaurante de comida rápida. Trabajaba por las tardes, y después íbamos a casa a dejar todo lo que no fueran las llaves y el dinero, a vestirnos de blanco y rojo. Quedábamos siempre en el mismo lugar con otra gente que no trabajaba con nosotros. Todos los días a la misma hora. Evitábamos, durante todo el año, los teléfonos de nuestras casas para evitar preguntas incomodas de nuestros padres. Teníamos 18 años, pero a veces nos comportábamos como si tuviéramos 15.
            La rutina apenas cambiaba. Íbamos a un bar en San Juan, lo suficientemente alejado del Casco Viejo, pero bien surtido de diversión. Coqueteábamos con los extranjeros, nos enamorábamos entre nosotros, nos desenamorábamos a la noche siguiente (o en la misma noche), nos enfadábamos, reíamos sin parar, bebíamos como si no lo hubiéramos hecho nunca (algunos no lo habíamos hecho nunca). Morado calimotxo.
Hablábamos siempre para ir a ver el encierro en directo, pero siempre nos quedábamos en el bar de al lado, que abría a las siete y media y se llenaba de señores mayores que no tenían fuerza para ir a verlo en directo. Después íbamos a ver los bailes regionales a la Plaza de los Fueros. Algunas veces incluso salíamos a bailar entre la gente. Pero siempre acabábamos rebozados en el césped. Verde hierba.
            Dormíamos poco, con la persiana bajada hasta abajo y varios despertadores para no llegar tarde al trabajo. Y esa era nuestra rutina sanferminera. De manera que cualquier día uno se podía reenganchar a cualquier hora. No había pérdida.
            Sólo dos actos eran excepcionales. El chupinazo, que seguíamos desde la Plaza de los Burgos. Morado calimotxo, blanco harina, amarillo huevo, champán caliente. Teníamos un miedo irracional a la masa humana de la Plaza Consistorial, y al mismo tiempo nos fascinaba los gestos desinhibidos de los extranjeros, los pechos desnudos de mujeres rubias, los pantalones desgarrados, la suciedad, ese sonido inhumano de miles de voces humanas gritando sin cesar, el agua que, cayendo desde los balcones, rompía en los cuerpos entrelazados, brillantes y enrojecidos, la música ahogada allá al fondo, el grito milenario “pamploneses, pamplonesas, viva San Fermín, iruindarrok, gora San Fermín”, el contacto de pieles humanas desconocidas, el color, el calor, la excepción de un momento que ningún año es igual.
            El txupinazo.
            El temblor de Pamplona, el grito que se graba eternamente en tu cabeza, la locura infinita, el blanco, el rojo y todos los colores que iluminan la escena, perder el sentido y recuperarlo al instante, la Pamplonesa abriéndose paso. Y el progresivo silencio, la plaza que se va vaciando, el ruido de botellas vacías rodando por el suelo, los charcos de alcohol, las diferentes tonalidades de la ropa, antes blanca, el charco de alcohol en el que te vas convirtiendo, flotas entre la gente, te abrazas a alguien que crees conocer, en la Plaza del Castillo te encuentras a tu tía y finges que no estás borracho, te pierdes, pero no importa porque te vuelves a encontrar con la gente por casualidad, te sientas en una acera, te pisan pero no pasa nada, estás cansado pero la marcha no para. No para nunca.
            Y el mismo escenario siete días después. Visto desde el sofá de casa, con nuestros padres al lado, ya de vuelta, con el teléfono fijo de casa, el único que entonces existía, mudo, con ganas de sonar, pero mudo. El Pobre de mí, con las velas en vasos de plástico, con esa tristeza naranja, con la ropa más negra que roja y blanca, uno de las imágenes más tristes de la Plaza Consistorial. La certeza de que unos kilómetros más allá de ese salón la fiesta continuará toda la noche, fuera de programa. La belleza absoluta, con la dosis necesaria de tristeza. Y el silencio del teléfono, que nunca sonaba, el número que nunca se decía. Que no impedía que nos encontráramos en los mismos lugares de siempre, a la misma hora de siempre, los mismos de siempre.

IÑAKI ECHARTE VIDARTE

             

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