lunes, 23 de enero de 2012

INDEPENDENCIA POST GOOGLE. David Refoyo



1.

Recuerdo aquel aeropuerto frío y lúgubre de una ciudad ucraniana. Habíamos ido de visita, a conocer a la hija de un amigo que hacía tiempo dejó las calles de zeta (minúscula) para regresar a su casa. Nos registraron de arriba abajo, como mandaban las leyes. El miedo al terrorismo permanecía vigente y la excusa parecía funcionar muy bien en las encuestas que clasifican el miedo de los estados en función del progreso. Sarah, la niña rubia más hermosa que he visto nunca, nos enseñó fotos en papel, como cuando éramos pequeños. Hacía años que no sacaba fotos. Las cámaras digitales y los teléfonos móviles habían acabado con nuestra cultura. Y ahora nadie podía permitirse un teléfono o un aparato digital. Eran artículos de verdadero lujo.

2.

Colocamos los explosivos bajo el puente. No fue difícil en zeta, donde apenas quedaban policías en la calle. La gente no tenía dinero y la soledad se había apoderado de cada rincón. Preparamos una bomba casera. Desde que el FMI intervino nuestra economía no podíamos encender la televisión con mando a distancia. Habían colocado dispositivos de alta tecnología que evitaban cualquier envío de información digital, por ondas. No funcionaba la radio, ni Internet, ni tampoco los detonadores por control remoto para hacer volar el puente. Lo único que no pudieron controlar fue el mechero y los hilos untados en pólvora. Habíamos vuelto a la cueva.

3.

Nos obligaban a trabajar de sol a sol. Prohibieron las vacaciones, cerraron Internet y confiscaron, uno por uno, cualquier dispositivo tecnológico susceptible de informar al exterior. La gente estaba triste. Ni rastro de las redes sociales, wikipedia y aquellas cosas con las que pasábamos nuestro tiempo sentados frente a una pantalla a principios de siglo. Ahora sólo podíamos trabajar, debíamos hacerlo para cicatrizar la tremenda deuda adquirida con el FMI. La hermandad patriótica que nos llevaría, de nuevo, a la riqueza.

4.

La supresión de la tecnología sumió a zeta –y al resto del país- en el caos. Un caos que nos venía de maravilla, claro, porque las acciones “terroristas” que cometíamos tardaban días en llegar a la capital y, con ello, ganábamos tiempo y terreno. Cuando los soldados querían penetrar en la ciudad, era demasiado tarde. No había googlemaps que les guiara ni gps, y las calles románicas de zeta eran un hervidero de balas y cócteles molotov para los intrusos.

5.

El 25 de abril proclamamos la independencia. El FMI decidió centrar sus esfuerzos en otras zonas del país, allí donde había algo que rascar. Nuestra ciudad, anclada en el siglo XX, fue abandonada por completo y alcanzamos la libertad. No pudimos recuperar la telefonía móvil ni tampoco Facebook, pero no nos hizo falta para ser felices. Bastaba con salir a la calle. Algo que sólo recordábamos los más viejos, los que lideramos el levantamiento. La Victoria.

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