martes, 24 de enero de 2012

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DE LA EDAD DE PIEDRA. Miquel Silvestre


Conozco a Patxi Irurzun desde hace bastante tiempo. Lo conocí gracias a un librito muy raro y bello: El cangrejo valiente, publicado por La Olla Express, una joyita bibliográfica en principio destinada al público infantil pero que de infantil no tenía nada. Cayó en mis manos por casualidad y me encantó el tono y el tema. Luego supe más cosas de Patxi, como que editaba Borraska, que ejercía de literato punk como yo mismo y que tenía publicadas novelas de títulos tan sugestivos como Ciudad Retrete u Odio Enamorado. No sé cuanto de punk quedará en su espíritu, supongo que mucho porque en las fotos veo que conserva mucho pelo. En cambio mi cráneo clarea y como tengo escrito en algún sitio, el punk calvo ya no es punk. Así que ya no sé si puedo formar parte de ese exclusivo club de escritores punkies que pasan de los 40.

El caso es que punk o no, resulta imposible resistirse a cualquiera de sus ofertas, como cuando me propuso colaborar en la antología Resaca/Hank Over de homenaje a Bukowski o cuando me planteó una pregunta fatal para un reportaje que estaba escribiendo. ¿La literatura es venganza? Claro que sí, ¿qué otra cosa podría ser si no? Digamos que Patxi y yo nos entendemos y respetamos, así que cuando hace poco me escribió para pedirme una colaboración para un resucitado Borraska, no pude sino aceptar aunque no supiese muy bien qué diablos quería de mí. ¿Un texto sobre los tiempos pre internáuticos? ¿Eso cómo se come? ¿Existió alguna vez vida antes de los teléfonos móviles y los portátiles conectados a la Red?

Debió existir, sí, hace mucho tiempo. Entre brumas me parece recordar que hubo una época en la que tecleaba como un poseso furioso sobre una máquina de escribir Olivetti. Afortunadamente ese tiempo pasó y gracias al copy paste uno puede pasar por tener talento cuando lo que en realidad tiene son muchas horas de relectura de uno mismo para descubrir erratas y para colocar los párrafos como si fueran ladrillitos del juego del Tetris. ¿Qué demonios escribir sobre aquella etapa oscura donde todo eran dificultades? Me temía la parálisis. Hasta que fue el propio Patxi quien deslizó involuntariamente la solución por debajo de la puerta. Un día me llegó un correo suyo (Internet de nuevo) en el que me decía que una radio de Argentina quería contactar conmigo, que le habían localizado a él debido a que recientemente ambos colaboramos en una antología homenaje a la Generación Beat (Beatitud, visiones de la Beat Generation).

¿Qué carajo podían querer de mí en Argentina? El misterio se resolvió rápido. Resulta que Yahoo Noticias había difundido una nota en la que afirmaba, nada menos, que yo había dado la vuelta al mundo en moto durante los fines de semana. Semejante enunciado sí que había dado la vuelta al mundo en todos los portales especializados en noticias insólitas, curiosas o directamente frikis. Evidentemente, era un error y el soplapollas que redactó semejante memez no tuvo interés alguno en preguntarme a pesar de que sí encontró mi página web. Es imposible dar la vuelta al mundo en fines de semana, pero lo que yo sí había hecho fue viajar 15.000 kilómetros por Europa de viernes a lunes a lo largo de cuatro meses, aparcando mi moto en los aeropuertos europeos. Fue un trabajo realizado para Ling, la revista que va a bordo de los aviones de Vueling. Esos reportajes los leyó una periodista italiana que escribió un reportaje sobre ese original modo de viajar y que se publicó en La Reppublica. De ahí tomó el tonto la información y al ver en mi página que también había recorrido África, Asia, Oriente Medio y América en moto, cogió el rábano por las hojas y me adjudicó una hazaña irrealizable. Pero creada la noticia falsa en Internet, todos los memos la dieron por buena y ya nada podía hacer yo por detenerla. Un día me avisaron de que mi nombre había salido hasta en la revista Pronto.

Lo curioso fue que todo el círculo de verdad y mentira se cerraba alrededor de un objeto fetiche para mí. La motocicleta. Mi colaboración con Beatitud consistía precisamente en un relato de mi viaje en moto a Kazajstán. Mi último libro narraba una aventura motera por África. La radio argentina quería saber cómo había dado la vuelta al mundo en moto solo usando fines de semana… motos, motos, motos. Entonces comprendí que sí había algo de los tiempos pre internáuticos que siempre estuvo ahí y que ahí seguía a pesar de Internet: las motos. Más modernas, con más electrónica, pero idénticas en su concepto de dos ruedas, escapismo y riesgo.

He anudado mi juventud a las motos. A los 20 años tenía una Yamaha XT 350. Pero no hubo mucha literatura en mi iniciación. Mi vocación viajera nació para follar. No es que conduciendo una motocicleta se ligara más (una bella leyenda que yo nunca conseguí hacer realidad), es que mi novia vivía a 400 kilómetros. Yo estudiaba en Madrid y ella en Valencia, así que si quería amor, o sea, sexo, no me quedaba más remedio que enfundarme el uniforme motero de por aquel entonces. Chupa de cuero, vaqueros y botas militares. La vieja Nacional III me la recorrí muchísimas veces y aprovechaba las curvas de Requena para adelantar a los coches que me habían dejado atrás en la llanura de la Mancha. El viaje Madrid Valencia era una aventura de más de cinco horas. Ahora esa carretera es una larga y aburridísima autovía. Internet, tedio y autovías. Esas son las mejoras de la modernidad.

Pero esa moto fue algo más que un vehículo de hormonas alteradas, fue la primera gran imagen de la libertad que recuerdo. Porque en aquellos tiempos pre internáuticos había otra realidad mucho más incómoda que el correo postal y las cabinas de teléfono. Se llamaba Servicio Militar y nos jodió la juventud a muchos antes de que la suprimiera un gobierno de derechas porque los llamados progresistas habían mantenido aquella cárcel legal, y permitido un limbo de franquismo dentro de los cuarteles. Esa moto, blanca y roja, me llevó hasta uno de aquellos tétricos recintos de beoda hombría en Alcantarilla, Murcia, porque además tuve la jodida suerte de que me tocara por mi reemplazo servir en la Brigada Paracaidista. De matute sumé al año de privación de libertad el gozo de que me hicieran Caballero Legionario a la fuerza. Estando pues encerrado y puteado, soñaba con lo que no tenía, soñaba con la libertad. Y la imagen que de ella tenía (y que aún tengo) era una carretera delante, una mochila atada a la motocicleta y el ensortijado pelo rubio de mi chica flotando tras ella como la estela de un cometa.

Este hilo de pensamientos, me ha llevado a una conclusión ineludible. Si hay alguna historia que pueda contar de los tiempos de antes de Internet, ha de ser una antigualla procedente de un género literario extinto, y eso no pude ser sino una historia de la puta mili, narrativa oral que morirá cuando fallezca el último soldadito español de reemplazo, que viene a ser como el último punk calvorota. He pues aquí mi historia de la puta mili tal como la escribí en su día. Huele a naftalina, pero es real.



UNA HISTORIA SIN IMPORTANCIA
Miquel Silvestre


Después del rancho me quedé solo en la cochera. Sobre la vetusta mesa de despacho releí la carta de Susana. Rodeado por aquel decorado anacrónico de película de Alfredo Mayo con guión de Jaime de Andrade, sentí de nuevo como la angustia de mis veintidós años pugnaba por romper en forma de lágrimas. Me las aguanté como tantas otras veces. No me apetecía soportar la sorna del tenientito Marquez si me sorprendía sollozando en el garaje de la batería de Plana Mayor. Aquel cachorro fascista, abnegado creyente de un credo falso de banderas y sangres espesas, no me podía ni ver. A Martín, el otro conductor de mi reemplazo, le trataba con la displicencia bondadosa que se reserva a los bobos o a los pobres, pero a mí me reservaba una inquina agria, como la que merecen los traidores y los judas.
Yo era de su clase, y eso no me lo perdonaría nunca; yo no era uno de esos mendrugos medio analfabetos extraídos de los más desfavorecidos estratos de esta España nuestra que tanto amaba: es decir, para él, yo no era un sirviente y me exigía que comprendiese que mi deber era acorde con mi cuna. Pero de alguna forma, se daba cuenta de que me ciscaba en su patria, en su ejército y en su honor amargo de batallas perdidas, y eso lo exasperaba tanto como ver escupir sobre las hostias consagradas. Aunque bien me cuide de decirlo nunca, de sobresalir o de hacerme notar. Sólo que yo no era tan listo como Martín para hacerme el tonto de una forma tan perfecta.
        El bueno de Martín, con esa cara de pan, sus enormes orejas de soplillo, y ese aire vacuo de no enterarse de nada. Era de algún pueblo desconocido de Cuenca; un buen tipo, para nada tonto, que se paso la mejor mili que yo haya visto fingiendo una estulticia impermeable a los himnos y las ordenes. Nadie le pedía adhesión a los valores marciales, con que hiciese su trabajo bastaba. A mí, sin embargo, no sólo me pedían que fuese buen soldado, sino que me creyese la comedia de un honor de cartón piedra.
        Encendí el maltrecho radiocasete. Sonó Rosendo y su Pan de higo. Intenté escribir una respuesta a mi novia, adecuada a mi estado de animo. Pero aquello ahondaba mi soledad. En su última carta no me enviaba las dulces promesas de amor que tanto necesitaba. Por el contrario, me decía con una lucidez abrasiva que todas mis hiperbólicas declaraciones de sentimientos estaban motivadas por mi situación de secuestrado legal y no por una pasión verdadera y objetiva.
Sí, claro, por supuesto que vivir encerrado en un frío caserón, rodeado de muros y de tipos con galones dispuestos a joderte, exacerba el sentimiento y que se llegan a decir cosas exageradas. Pero se quiere de una forma muy intensa y estúpida con veintidós años cuando se está en el ejército. Millones de epístolas de amor enviadas desde los cuarteles, plagadas de faltas ortográficas, lo atestiguan.
         Con el de Carabanchel rabiando lo agradecido que estaba a un antiguo ídolo, sentado a la mesa, a punto de empapar los folios de amargura, mi reino de camiones todo terreno fue invadido por alguien que me hizo olvidar las penas. Sin tener que preocuparme de ocultar los pliegos de mi carta bajo las ásperas hojas de servicio, salí a recibirle con un abrazo. Era Benito, mi primer amigo en la Brigada Paracaidista.
        Había estado ingresado en el Gómez Ulla un par de semanas. En un análisis de sangre le habían detectado restos de heroína. Cosa bastante frecuente en nuestro cuerpo. En ese caso te planteaban dos opciones: seguir como si nada hubiese pasado pero con un arresto, o licenciarte por inhábil. Él había entrado voluntario, pero ya había quedado suficientemente decepcionado de un régimen tiránico y arbitrario con la sempiterna excusa de que formábamos parte de un cuerpo de élite, así que, harto de todo, optó por la licencia. El inconveniente era que entonces te hacían pasar por un expediente médico, con el objeto de declararte incapaz para el servicio por trastorno mental, para lo cual te internaban en el hospital militar, en la planta de psiquiatría.
         Mientras fumábamos unos chinos, me relató la inolvidable experiencia vivida. Gran parte de los internos, debido a su extrema demencia, vegetaban permanentemente atados a sus camas. A todos sin excepción los duchaban en grupos con mangueras a presión en unas salas con azulejos blancos hasta el techo, y, por supuesto, también a todos los mantenían narcotizados durante el día entero. Contaba que como en un sueño nebuloso había visto allí a gente aparcada desde hacia años: oficiales, hijos de militares y soldados de reemplazo, que un día entraron sanos en un cuartel, y luego quedaron allí almacenados como trastos inservibles. Igual que en Alguien voló sobre el nido del cuco, aseguraba con un hilo de voz, aguantando todo lo posible el humo envenenado que subía desde el papel de aluminio.
         Yo sentía su marcha, porque lo quería de veras, pero me alegraba por él. Dieciocho meses de mili se pueden hacer eternos, y supongo que también estaba harto de aguantarse las lágrimas, de andar todo el día con ese fingido aire chulesco de vaquero, de las bromas cuarteleras, de las conversaciones estúpidas, de las revistas guarras con las paginas pegadas por el semen reseco, del nocturno murmullo masturbatorio, del espantoso olor del tigre, de los ratones en la taquilla, de las maniobras a cero grados, del toque de diana, del toque de bandera, del toque de oración, del toque de retreta, de formar, de formar y de formar.
          Benito era de Salamanca, y como yo mismo, un estupendo chaval de buena familia; estudiante en la Universidad Pontificia, con una novia adecuada y una maldita cabeza loca que le había llevado a alistarse en los paracaidistas. A su primer chino le invité yo.
Al año de mi licencia nos vimos en su ciudad; yo había ido a un congreso de Derecho Penal que se celebraba allí; fui con una nueva novia y sin haber vuelto a fumar heroína desde que abandoné el cuartel. Él seguía siendo el mismo tipo fantástico, pero su novia le había dejado, ya no estudiaba, y en su casa le obligaban a seguir un programa de desintoxicación.


MIQUEL SILVESTRE

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