sábado, 21 de enero de 2012

CUATRO POEMAS. Ana Pérez-Cañamares




para Gsús


Lanzamos mensajes de texto
correos electrónicos
entradas en bitácoras


igual que los náufragos
lanzaban al mar sus botellas.
Pedimos que nos rescaten


de nuestras islas sin playas.
Como siempre, hay mareas
turistas y mirones numerosos


y sólo de vez en cuando
uno entre la multitud
entiende nuestra letra.



***


Comprábamos juguetes a las gatas:
pelotas, ratones de peluche
cuerdas atadas a cascabeles
que apenas llamaban su atención
antes de perderse en el paisaje doméstico.


Ahora, en el patio, pasan las horas
entretenidas con lo que importa:
moscas, mosquitos, gorriones,
un saltamontes que cayó del pico
de una paloma asustada.


Me miran como preguntándome
por qué durante tanto tiempo
les oculté la maravilla del mundo real
e intenté engañarlas con sucedáneos.


No saben que de todos los caminos
el más difícil es el de vuelta
que yo también vivo entretenida
con cuerdas atadas a cascabeles
que deshacerse de las fruslerías
es un trabajo arduo.
Que a mí también me está esperando
lo que no tiene precio
y nunca se desgasta:
el patio, los pájaros, las nubes.



***


Mi primer recuerdo:
miro los pedazos
del disco de los Brincos
que acabo de romper.


Era una justa venganza.
Mis hermanos entraban y salían
mientras la aguja del tiempo
no arrancaba música de mi cuerpo.


Mis hermanos crecían sin esperarme.
Para ellos, el presente.
En casa, la tristeza de posguerra

que nunca se independizaba.



***


Llegaba el verano
y todos mis amigos se marchaban
de vacaciones a sus pueblos.
Allí les esperaban primos, vacas
cigarros, perros, pozas
futbolines, parras y bicis.
Después de atravesar mesetas de calor
la sombra del olmo en la plaza.


Pero no mi familia.
Mi familia se quedaba en Madrid
o se iba a un hotel barato
en el que no conocíamos a nadie
o de camping junto a un río
sin niños; aunque al menos
había ranas y cabañas de hojas.


Nosotros no teníamos pueblo.
O mejor dicho: habíamos tenido
y nos lo habían quitado.
La guerra se quedó el patio
los colchones de lana
las verbenas
las lápidas de los muertos
las culebras
los baúles del desván
las telarañas.

Cuando fui mayor
mis padres me llevaron
a sus pueblos
para que supiera que nosotros
también habíamos tenido uno.
Mi madre me enseñó su casa encalada
con la parra en el patio;
la casa donde habían nacido
sus hermanos y ella
y en la que ahora vivían
los que habían tenido dinero
para comprársela.


Mi padre me mostró su casilla
junto a la vía del tren
la habitación húmeda
donde la pulmonía
acabó con su madre
el camino que a lo lejos
se perdía hacia el colegio.
La cochiquera para el burro
para el cerdo y las gallinas.


A los pueblos de mis padres
se los tragó la guerra.
Yacen en la corriente de mi sangre
como otros pueblos duermen
bajo pantanos.
En el fondo de mis venas
aún se atisban muros
levantados con adobe
de sangre y nostalgia.


ANA PÉREZ CAÑAMARES
BLOG DE LA AUTORA:  El alma disponible

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