lunes, 30 de enero de 2012

EL DÍA QUE CLIQUEÉ EN 'VOY A TENER SUERTE" APARECIÓ ESTO. David Benedicte


Cómo nos reproducimos, cómo nacemos y cómo nos desarrollamos. Cómo... El objeto de esta colección de cromos es el de explicaros con sencillez y claridad las distintas fases de la reproducción humana y animal, ese milagro que sucede cada día y que consiste en el naci-miento de nuevos seres, 1979 printed in Spain. El álbum de obsequio.   
La memoria es siempre el punto de partida.   
Porque el tabaco perjudica seriamente nuestra salud, cigarrillos Rex; los fumamos en el escondite donde Elvis nos está dando una lección. Nos enseña a perderlo todo a cambio de nada el cabrón de Elvis, empezando por los cromos, tras una tanda inalterable. Por eso nos turnamos los mocosos del barrio, sin una gota de fortuna, tan crédulos; somos tan gilipollas.

   —E, ele, e-l; el —Elvis deletrea el envés del cromo—. A, ce, te, o, a-c-t-o; acto. El... acto —y sus ademanes son de analfabeto—. Ese, e, equis, u, a, ele, s-e-x-u-a-l; sexual. El acto... sexual. El acto sexual —concluye al fin.     
A Elvis eso de pensar no se le da nada bien.   
—¿Cuándo vas a aprender a leer de una vez? —le suelta Tete a la cara echándole en la mitad de los ojos todo el humo de un cigarrillo infumable—. Anda, trae —dice, y le quita el cromo de un manotazo, descojonándose. Luego recita en voz baja:— El acto sexual, coito o función copulativa consiste en... la introducción del pene (órgano sexual masculino) en erección en la vagina femenina. En la especie humana la reproducción es he..., heterogámica. El es..., pe..., espermatozoide; que es pequeño y dotado de movimiento para alcanzar el óvulo y    
Le interrumpo:    
—Dame otro pitillo, Tete.    
—...fecundarlo.    
Tete se echa a reír. Se queda aquí, riéndose sin ruido, sin mirarnos. En cuanto a los Rex, dicen que en el barrio ya han matado a más niños que la bomba hache. Porque fumar provoca trastornos y enfermedades, dolencias cardiovasculares y demás. Lo advierten las auto-ridades sanitarias, pero no hacemos caso a nadie. Nunca lo hacemos. Tenemos muy mala hostia. Por eso.    
—Dame fuego, Tete.         
Madrid se va haciendo deprisa en primavera; obstinadamente. Oímos el rugido de un Decenueve.    
Un camión del ayuntamiento vuelca sus tripas y regresa al desierto de Gobi anticipándose al flamante Madrid que, abarrotado de edificios y antenas de televisión, llegará en seguida.    
El presentimiento de lo extraordinario da a la tarde un aire de fiesta y lo observamos todo desde el punto más alto de una montaña. Al camión gris que viene y va con un ruido increíble de chatarra en la solidez del silencio.    
Al tipo que aparca el Simca.    
Al equipo de fútbol que entrena en un campo de tierra.  
   
El cincuenta y cinco; ése es el más buscado. De modo que en casa ya he abandonado la colección, a la mitad (son ciento treinta y tres), y persigo su rastro en los patios traseros de los colegios. Algunos matarían por tenerlo en el mazo, el cincuenta y cinco, y por su culpa me veo yo así, alternando con las malas compañías, al caer la tarde, sobre una montaña repleta de basuras y amapolas. Y es que los cromos van dando tumbos igual que las personas. Los hay que hasta se largan por temporadas, se dan el piro, desaparecen de la circulación sin dar explicaciones como hacen algunos padres con su familia. Esos son los peores.    
Ya no oímos al avión.     
El barranco está preñado de amenazas.    

Si uno mira bien en la cordillera inventada por los camiones que manda el Ayuntamiento puede hallar en los escombros un tesoro abandonado o un cromo de valor incalculable o un montón de sellos usados o una revista con señoras desnudas dentro o un Trompisón estropeado o la rueda de una Behache o un escarabajo o un paquete de cartas abiertas o una foto de familia rota o un Atlas de Geografía Universal con 102 mapas y 140 figuras, obra adecuada para uso de cuantos se dediquen a los estudios geográficos o la pierna izquierda de un maniquí o un trofeo de dominó o un colchón o las teclas de una máquina de escribir o discos viejos de Luis Mariano acompañado de orquesta, fabricado en España por compañía del Gramófono-Odeón, S.A.E. o la cabeza de un David de Miguel Ángel o un inodoro o dos cuadros antiguos o un armario sin puertas o un cenicero o una grapadora que no grapa o la botella de oxígeno de un Madelmán o un condón usado o diez hormigas rojas o una Barbie sin ojos o una cinta de Rafael Farina, Cancela Tape: antes de dar la vuelta a la musicassette, dejar pasar la cinta hasta el final o un perro muerto con las tripas afuera o un pintalabios que no pinta o el esqueleto de una mecedora o un ciempiés; cualquier cosa, ya digo.     
Yo hoy me he encontrado una pistola.    
—No puedo dispararos a todos porque no tengo balas suficientes —les aviso.   
Elvis la examina tan cuidadosamente que se la pasa de la mano derecha a la izquierda, y luego la deja colgar de nuevo, apuntando hacia el suelo.     
Mi primer gesto es espantarme las moscas de la cara.    
Una lata rueda ruidosamente desde la roca donde estamos sentados. Delante se levantan las dunas amarillas.     
Su mazo engorda cada vez más, quince arriba, cinco abajo, Elvis gana, nos despluma; mientras, me voy quedando sin cromos para cambiar el día en que aparezca el cincuenta y cinco. Seguro que es un camelo, otro cuento chino, pero ya lo han visto. Elvis jura por Dios que lo ha tenido en el bolsillo: En los órganos sexuales y reproductores de la mujer hay que distinguir los genitales internos (el útero, las trompas de falopio y los ovarios) y los genitales externos (la vagina y la vulva, que es la parte terminal y más exterior de la vagina).   
—Oye, Elvis. ¿Verdad que en el cromo salen dos tíos follando y que él está encima de ella y ella le abraza poniendo cara de gusto?    
—Verdad.    
—Oye, Elvis. ¿Y de qué color eran los pezones de la tía?   
—Hmm —parece dudar—. Pues no lo sé.     
—Yo tampoco —digo atragantándome con algo que no sé muy bien lo que es (agrio y caliente, como el contenido de un tazón de Colacao envenenado).   
—¿Eran rosas?   
—Que no lo sé.    
—¿Eran rosas o morados?    
—Tete, como sigas así te voy a dar una hostia.    
Esperamos sentados en la montaña hasta que el sol se oculta entre un bloque de pisos, la central eléctrica y la cúpula espinosa de la cárcel de Carabanchel.     
Nos gusta este trozo de tarde en el que todos se han ido.     
El tipo del Simca -con un suéter a franjas- se hace visera para otearnos, abre el maletero, coge una maleta y está llena de revistas usadas.     
Después se marcha, con los ojos encendidos.     
Miro luego la carretera que se pierde de vista en un viraje.    
Arden varias hogueras; las chispas rojas vuelan en todas las direcciones. Pasa un rato. A distancia, hacia el extremo final de la cordillera, marcha una larga fila de alumnas de un colegio que conduce una monja, con la toca alta y el rostro hundido en un breviario. La monja se vuelve hacia nosotros: es una mujer sin rostro.    
El equipo de fútbol entrena.    
La luz última se extingue bajo el aire quieto y caldeado.     
Se me está haciendo tarde.   
—Eh, mirad esto —dice Elvis, que sigue leyendo el cromo que acaba de ganarnos—. El recién nacido no mama durante las primeras veinticuatro horas. Después mama ca..., ca..., calostro, sustancia que favorece la subida de la leche en la madre.  
—Joder —dice Tete.    
Tenemos doce años; desconocemos el triunfo, desconocemos incluso la palabra. Avanzan deprisa las horas para quienes lo perdemos todo y no recuperamos nunca. Cae la noche, atroz, por encima de nuestras cabezas. De repente, se encienden las farolas del barrio, allá a lo lejos, de un golpe y a la vez, tachán, la luz eléctrica, activada por la mano invisible de Dios. Su reflejo distante nos abandona, dejándonos a oscuras; somos tan desafortunados. Pero Elvis resplandece en el centro del corrillo,      diez a uno, quince a uno, gana la banca.    
Veo una sombra abultada que atraviesa el descampado. A primera vista son dos niños echando una carrera. Luego me doy cuenta de que es sólo uno. Dos en uno. Son dos caras en un solo cuerpo: un par de brazos, un anorak de gran tamaño (equis ele) y un par de botas de plástico.    
—Por ahí viene Dos en uno —les anuncio.   
—No jodas —dice Tete, acojonado.    
—Venga, recoged que yo me las piro —dice Elvis con la colilla del rex en los labios y añade:— Que si me ve con vosotros vamos a tenerla gorda —después, se esfuma.    
Tete se guarda el mazo en el bolsillo y sale tras él.    

Echo a correr muy deprisa por un terraplén hacia el campo de fútbol y luego trepo por la escalera de arena recordando que era algo que siempre había deseado hacer. A mi lado, dando grandes zancadas y metiendo un ruido de mil diablos, pumba, pumba, trotan unidos los dos. Son gemelos originados de un mismo óvulo que por alguna extraña razón no llegó a dividirse, lo que habría dado lugar a gemelos idénticos. En el barrio les llamamos Dos en uno, que es un mote cruel; da igual, somos niños.     
A ellos también les da igual; están acostumbrados.    
Subimos a la carrera por el sendero.    
Entre nosotros siempre lo evitamos, el término siameses, por sus connotaciones circenses. Cada uno tiene su propio corazón y estómago, si bien comparten tres pulmones. La espina dorsal de ambos se une a la altura de la pelvis. De todos modos, se las arreglan (cosa que nadie se explica) para moverse al unísono, como una sola persona.      

Estamos en lo más alto y podemos ver las montañas a nuestro alrededor como sucesivas extensiones de arena, toscamente remendadas y cosidas con estrechas hileras de árboles y pequeños bosquecillos.      Yo tampoco sé entonces lo que es llegar a lo más alto.    
—Tete dice que salen dos tíos follando y que ella tiene los pezones rosas —le cuento.   
—¿Dónde?   
—Donde va a ser. En el cincuenta y cinco.    
—Ah.    
—Y dice que la tía tiene cara de gusto porque está tumbada debajo de él.    
—Ssshh. Calla —dicen Dos en uno.     
Corremos apresuradamente por las montañas de arena, hacia arriba, hacia abajo y luego hacia arriba otra vez, sudando la gota gorda, hasta llegar a las instalaciones deportivas del Derbi Fútbol Club. Es un gran edificio triste enmarcado por árboles enormes. Entonces nos detenemos.    
A Dos en uno le falta el aliento.     
La cantina está llena de futbolistas, de humo y de gritos: hay caldo, peña Derbi, fundada en 1970; desde la puerta se ve como algunos defensas beben botellines de Mahou y discuten con la mirada fija en una tele que retransmite un partido de primera división y cantan gol acompañándose de palmadas y golpes contra la barra, acaban de vaciar una botella; yo miro un momento a Dos en uno, rojo como un tomate, y entonces me doy la vuelta y desa-parezco.     
Voy en busca de papá.     
Dentro de los vestuarios no queda nadie. Huele a sudor, a Reflex, a Vicks Vaporub. El grifo de una ducha corre. Lentamente, me asomo y veo a dos hombres abrazados bajo el agua.    
Detrás, la noche indiferente.     

Porque yo tengo sólo doce años, no comprendo aún de qué se trata todo aquello; me limito a quedarme allí observando, quieto como un muerto, con la mano en el quicio de la puerta. Están desnudos. Primero, los labios de uno recorren la barbilla del otro, descienden por su garganta, se cierran en torno a sus pezones, ¡que sí!, ¡que sí!, se empeña, no te mu-evas; su lengua prosigue hacia abajo, resbalando a lo largo de su cuerpo hasta que atraviesa el ombligo y recorre su vientre.    
Dura mucho tiempo, muchísimo tiempo, acaso una hora. Luego, el más joven clava las manos en la pared y adopta una actitud sumamente complaciente, ¡ah!, le responde: ¡concéntrate!     
Entonces desliza las manos sobre los músculos de su amigo hasta que le dobla las piernas, ¡hale, venga!, y se las separa después.     
Tal visión me produce una sensación muy extraña, porque apenas puedo verles, ni tocarles, no sé dónde estoy, conque empiezo a correr por las montañas de arena y me echo a llorar y siento que el corazón me da un vuelco y que la saliva se me seca en la boca.     
Tengo doce años y en todo este tiempo jamás he cometido un error peor y más funesto que hoy, al meterme en el vestuario del campo de fútbol del equipo que papá entrena.     
Ahora sólo me queda un sitio al que ir.      

La luna tiñe de amarillo el viejo edificio oscuro cuyo tejado de pizarra reluce. Comple-tamente sola, a lo largo de todo el día, mamá plancha un chándal en la cocina.     
Ya no duerme de noche y reza, prosternada en el pavimento, abatida ante un dios desconocido y una plancha eléctrica de solac.     
—¡Cállate! —me dice y yo lloro más. Lloro más alto.


DAVID BENEDICTE
 www.davidbenedicte.com/

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