domingo, 4 de marzo de 2012

DE TODO Y DE NADA. Luis Ingelmo


Fecha: martes, 12 enero, 1999; 9:13 a.m.
Para: Ángel Viñas.
De: Fermín Guerrero
Asunto: De todo y de nada.

 

Así que llego hoy al instituto, como todos los días, y ya va para medio año que estoy aquí, en Chicago, la nieve por las rodillas, y por fin encuentro un correo-e desde Benavente (que aún sigue en la provincia de Zamora, ¿no?). Increíble. Estás más que perdonado por tu tardanza, de sobra lo sabes. Además, claro que sé de qué pie cojeas, de modo que no vamos a sacar aquí los trapos sucios.
Te comenté en mi último mensaje que, como el asunto del intercambio de cartas de mis alumnos con los españoles se demoraba tanto y yo quería que estuviese listo para Navidades, al final me puse en contacto con el instituto de mi hermano en Salamanca y parece que todo se ha arreglado de modo aceptable para ambas partes. En cualquier caso, no reniego de nada de ello en absoluto, a pesar de que todavía estemos esperando una buena cantidad de cartas desde España. Voy a tratar de ponerte al día en dos palabras. En el sur de esta ciudad, en lo que ellos mismos llaman el gueto, los carteros tienen ciertas dificultades para encontrar algunas de las direcciones de los sobres. Tampoco los chavales mismos están seguros de en dónde viven. Quiero decir que algunos ni siquiera saben si dan su dirección correctamente o no, mientras que otros desconfían de dársela a un profesor. Muchos de ellos inventan los datos cuando se los piden en secretaría para que no sepamos dónde localizarlos. A algunos les avergüenza decir que no viven en un sitio fijo, que vagan errabundos entre las casas de familiares o vecinos, mientras que otros prefieren no tener que admitir que viven donde viven. Así que no me extrañaría ni una pizca que la mitad de las cartas se hubiera perdido en el camino. Si se diera la ocasión, la próxima vez dispondré todo para que lleguen a mi casa y las repartiré yo mismo en clase. O, quizá, recurriré a esto del correo electrónico, que no requiere de dirección postal ni avergüenza a nadie por su pobreza.
Otros asuntos. La nieve acumulada tiene medio metro ya y no tiene intención de dejar de amontonarse. Nevó como jamás pensé que vería nevar durante la madrugada del dos al tres de enero. El domingo nevó, ayer nevó, hoy está nevando un poco, no mucho, pero lo justo para que siga depositándose y subiendo. Esto está desmadrado y, como está prohibido el uso de las cadenas para coches (estropea mucho el asfalto), tienen que esperar a que las máquinas quitanieves y los camiones con toneladas de sal hagan su trabajo, si es que acaban por hacerlo. En esto influyen los contactos del alcalde, los compadres y los amigos, y así unos barrios están más despejados que otros, que siguen hundidos en océanos de nieve.
Las clases van bien. Bueno, a días. Nada que ver con Benavente ni en el peor de mis sueños. Esto es duro, la verdad. No sólo por el tiempo, la nieve y el frío intenso (no hemos llegado a cero grados en la última semana; siempre quince, veinte o incluso treinta y cinco bajo cero, como el otro día), sino por las clases mismas, o por el barrio en el que está el instituto, que es seguramente el más pobre de Chicago. Recuerdo ahora el 3º B de ESO allí en Benavente, al que llamábamos el grupo difícil del año pasado, y no sé bien si reír o llorar. Así y todo, creo que están aprendiendo unas pocas cosillas en nuestro idioma, lo cual no está nada mal: si algunos de ellos permanecen sentados más de diez minutos seguidos ya es todo un triunfo.
No sé si estoy para que me encierren o qué, pero el caso es que mi directora, que aquí es quien contrata y despide a los profesores, me pidió que me quedase al año que viene y, ya ves tú, fui y le dije que bueno, que sí, que vale. Sara, mi mujer, me va a patear el culo un día de estos. Ella asiste a clases de inglés en una escuela para adultos que depende de una Universidad, para no dejar de hablarlo y practicarlo ni un minuto. Quizá ella pueda conseguir un permiso de trabajo el año que viene. No quiere echar las campanas al vuelo, pero ya veremos. Está teniendo una paciencia infinita con todo, conmigo, con mis malos humores, con el tiempo horrible de esta ciudad de todos los demonios. Pero no podemos quejarnos, nos va bien dentro de lo que cabe. Además, nadie nos obligó a venir aquí, ¿no? Pues eso.
A Sara no le gusta nada que escriba cartas a máquina, o sea, con un teclado. Dice que son impersonales, que una parte esencial del encanto de una carta reside en la marca personal que es la caligrafía. Eso dice ella. Puedes suponer que, en este asunto, como en casi todos los demás, cada cual hace de su capa un sayo y mucho me temo que de esta capa mía va a salir un sayo mecanografiado.
Cuéntame cómo van las cosas por ahí, quién está, quién no está, quién desearías que no estuviera (bueno, esto creo que ya lo sé: puedes saltártelo). Dime qué tal te va la vida por allí este año. Puedes enviar mensajes cuando te sea más conveniente. Quiero decir que, aunque los recibo en el instituto, estoy usando esa misma cuenta para tener correo en casa (una pequeña trampa de la que nadie se entera). Con la palabra clave, el usuario y la dirección electrónica, todo solucionado. Lo instalé en el aparato que compré para casa, un portátil de segunda mano que conseguí tirado de precio y con el que me sobra para lo que necesito. Y creo que ya, por ahora. Que gracias por acordarte de mí. Y que me acuerdo de vosotros un montón, más de una y más de dos veces, no creas. Dile hola a todos, a Luisa muy encarecidamente, y a los que estén por allí que me conozcan les das una colleja de mi parte. Y otra para ti, envidioso.
Abrazos,
Fermín.

LUIS INGELMO

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